PARTE 3
La tarde del 24 de diciembre, la villa comenzó a llenarse antes de que cayera el sol. Carmen había pedido luces cálidas, velas protegidas del viento y una sola mesa larga bajo el porche, mirando al Mediterráneo. No quería zonas privilegiadas, cabeceras especiales ni sitios reservados para quienes parecieran más importantes.
Javier llegó con vaqueros oscuros, botas y una camisa limpia. Años de taller habían dejado marcas en sus manos.
Se detuvo en la entrada.
—¿Esto es tuyo?
—Sí.
—¿Álvaro lo sabe?
—No.
Javier miró la piscina, el salón y el mar detrás de los ventanales.
—Entonces te apartaron porque pensaban que no tenías nada.
