A seis días de Nochebuena mi hijo me dijo que no había sitio para mí en su mesa, mientras usaban el sofá que yo pagué. Su mujer me soltó: No quiero que vengas con uno de esos vestidos de rebajas. No lloré, abrí la escritura de mi villa de 6,4 millones y convoqué a los 35 excluidos… y esa foto los hizo rogar por entrar.

 

 

Carmen sostuvo su mirada.

—Por eso nunca se lo conté.

Teresa apareció poco después, todavía con el pantalón del uniforme sanitario bajo un abrigo.

—Puedo cambiarme.

—¿Vienes limpia?

Teresa soltó una carcajada.

—Claro.

—Entonces estás perfecta.

Uno tras otro llegaron familiares y amigos que habían aprendido a sentirse incómodos en las reuniones de Álvaro y Lucía. Javier contó que dejó de aceptar invitaciones después de que Lucía le pidiera lavarse las manos antes de tocar sus muebles. Teresa recordó que una vez le sugirió entrar por una puerta lateral porque venía del hospital. Elena explicó que Lucía había cambiado su sitio en una comida para sentar a sus padres junto a personas “con más cosas en común”.

Carmen comprendió que ella no había sido la única. Solo había sido la última.

Poco antes de cenar llegó Rafael, antiguo socio de su marido Antonio, con una fotografía de él a los 30 años, sentado en una barca y riéndose bajo un sombrero ridículo. Carmen la colocó junto al árbol.

Cuando los 35 invitados estuvieron sentados, permaneció de pie.

Llevaba un vestido verde que ya había usado en 2 Navidades anteriores.

—Gracias por venir.

Javier levantó la copa.

—Gracias a ti por hacernos sitio.

Carmen negó con suavidad.