Carmen contrató a un cocinero, pidió una mesa larga para todos y ordenó algo muy concreto: ningún sitio privilegiado, ninguna zona separada, ninguna etiqueta que decidiera quién merecía sentarse dónde.
2 días antes de Nochebuena, Álvaro volvió a llamar.
—Podrías venir al postre, sobre las 21:00.
—¿Cuando se hayan ido los padres de Lucía?
Silencio.
—Mamá, estoy intentando arreglarlo.
—No. Estás intentando esconderme con más educación.
En la villa, Elena observó el mar desde la terraza y apenas pudo hablar cuando Carmen le contó que, tras la pérdida de su marido, había multiplicado durante 15 años las inversiones y propiedades que él le dejó.
—¿Álvaro sabe algo?
—No.
—¿Por qué?
Carmen miró su viejo bolso.
—Porque quería saber cómo me tratarían si creían que no podía darles nada.
Elena bajó la mirada.
—Ahora ya lo sabes.
Carmen asintió.
Y aquella respuesta fue mucho más dolorosa que cualquier cifra bancaria.
