Eso le dio esperanza.
Mateo llegó al día siguiente y corrió directo hacia su abuela. Después recorrió la villa maravillado.
—Papá dice que eres empresaria.
—Gestiono inversiones y propiedades.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque contigo me gusta ser tu abuela.
Mateo pensó unos segundos.
—Puedes ser las 2 cosas.
Más tarde preguntó:
—¿Mis padres te trataron mal porque creían que eras pobre?
Carmen se agachó a su altura.
—Creyeron que tener menos significaba merecer menos respeto.
—Pero tú tienes dinero.
—Si siguiera en mi piso y no tuviera esta casa, ¿merecería respeto?
—Sí.
—Entonces ya entendiste lo importante.
Durante las semanas siguientes, Álvaro empezó a llamar sin pedir favores. Preguntó por Antonio, por los negocios, por la vida de Carmen y por todos esos años en los que había visto únicamente a “mamá” y no a la mujer completa.
Lucía tardó más.
1 mes después pidió hablar a solas.
Llegó sin la seguridad de siempre.
—He empezado terapia. Crecí en una familia obsesionada con la imagen: colegios, barrios, ropa, contactos. Juré que no sería así.
—Y lo fuiste.
—Peor.
