Por primera vez no se defendió.
—¿Por qué insististe tanto en excluirme? —preguntó Carmen.
Lucía respiró hondo.
—Porque quería demostrar que yo decidía quién pertenecía.
Era una verdad fea, pero era verdad.
—Cuando vi la casa, sentí pánico porque había despreciado a alguien con más poder económico del que imaginaba. Después entendí que ese pensamiento demostraba mi problema. Si hubieras seguido siendo para mí la mujer del piso pequeño, quizá ni siquiera me habría sentido culpable.
Carmen no la perdonó aquel día.
Pero vio por primera vez una grieta real en su orgullo.
3 meses después reunió de nuevo a la familia en la villa. Javier seguía distante. Elena observaba a Lucía con cautela. Nadie fingía que unas disculpas borraban años.
Antes de cenar, Lucía se acercó a Javier.
—Te debo una disculpa por hacerte sentir sucio en mi casa.
—Me acuerdo.
—Yo también. Fue humillante y no tenía derecho.
—No.
—No espero que me perdones hoy.
Javier asintió.
—Eso es un comienzo.
Durante la cena, Mateo levantó su vaso.
—Quiero brindar porque nadie tenga que demostrar cuánto tiene para sentarse aquí.
Álvaro miró a su madre.
—Y por las segundas oportunidades que tienen límites.
