Carmen entendió perfectamente lo que él no se atrevía a decir.
Al día siguiente fue a su casa. No quería una excusa por teléfono. Quería mirarles a los ojos.
Lucía abrió la puerta con ropa deportiva de marca y una expresión fría.
—No te esperábamos.
—Lo sé.
Álvaro apareció detrás. Antes de que pudiera hablar, Mateo, de 8 años, salió corriendo por el pasillo.
—¡Abuela!
Lucía se interpuso.
—Mateo, termina los deberes.
—Solo quiero darle un abrazo.
—Luego.
La mirada del niño, confundida y triste, dolió a Carmen más que la llamada.
Se sentaron en el salón. Carmen reconoció el sofá que ella misma había pagado años atrás cuando Álvaro perdió el trabajo, aunque Lucía jamás lo supo.
—Explícame por qué no encajo en vuestra Nochebuena —dijo Carmen.
Lucía suspiró.
