A seis días de Nochebuena mi hijo me dijo que no había sitio para mí en su mesa, mientras usaban el sofá que yo pagué. Su mujer me soltó: No quiero que vengas con uno de esos vestidos de rebajas. No lloré, abrí la escritura de mi villa de 6,4 millones y convoqué a los 35 excluidos… y esa foto los hizo rogar por entrar.

 

Carmen entendió perfectamente lo que él no se atrevía a decir.

Al día siguiente fue a su casa. No quería una excusa por teléfono. Quería mirarles a los ojos.

Lucía abrió la puerta con ropa deportiva de marca y una expresión fría.

—No te esperábamos.

—Lo sé.

Álvaro apareció detrás. Antes de que pudiera hablar, Mateo, de 8 años, salió corriendo por el pasillo.

—¡Abuela!

Lucía se interpuso.

—Mateo, termina los deberes.

—Solo quiero darle un abrazo.

—Luego.

La mirada del niño, confundida y triste, dolió a Carmen más que la llamada.

Se sentaron en el salón. Carmen reconoció el sofá que ella misma había pagado años atrás cuando Álvaro perdió el trabajo, aunque Lucía jamás lo supo.

—Explícame por qué no encajo en vuestra Nochebuena —dijo Carmen.

Lucía suspiró.