—Lo siento.
—¿Por qué?
Lucía dudó y luego nombró cada cosa: la ropa, los regalos, las bromas sobre precios, Javier, Elena, Teresa, la cena, la llamada de Álvaro.
Carmen la miró fijamente.
—¿Lo lamentas porque estuvo mal o porque la mujer a la que despreciabas resultó tener más dinero del que imaginabas?
Lucía abrió la boca y la volvió a cerrar.
—No lo sé.
Carmen asintió.
—Eso al menos es sincero.
Álvaro preguntó:
—¿Cómo arreglamos esto?
—No se arreglan años en una tarde.
—¿Qué quieres?
—Respeto. Pero no respeto porque ahora sabéis que tengo 47.000.000 €. Quiero el que debería haber existido cuando creíais que solo era una mujer de 69 años con un vestido de rebajas.
—¿Cómo lo demostramos?
—Con tiempo. Y con decisiones que nadie os obligue a tomar.
Carmen dejó claro que Mateo siempre sería bienvenido, pero que no permitiría que lo usaran como mensajero. También explicó que no financiaría el estilo de vida de Álvaro y Lucía. La educación de Mateo ya estaba prevista, pero su nieto aprendería responsabilidad antes de recibir cualquier ayuda importante.
En la puerta, Álvaro preguntó:
—¿Puedo abrazarte?
Carmen vio por un instante al niño que había criado.
